Las cartas · · 4 min

Tristeza y rabia tras las riadas en Valencia

Hoy quiero compartir contigo algo que me remueve profundamente. Las imágenes que acompañan este mensaje muestran la devastación que las riadas han dejado en Valencia: coches arrastrados y volcados, carreteras completamente inundadas y barrios sumidos en el caos. Esta vez, sin embargo, no solo siento tristeza, sino una sensación extraña que me cuesta explicar. No es la primera tragedia que me ha tocado presenciar, pero esta en particular me duele de una forma que no alcanzo a entender del todo. Quizás, escribir estas líneas es la única forma que tengo de calmar este torbellino interno, de intentar poner en orden la rabia, el dolor y la impotencia que siento.

Mi experiencia en estos días ha sido, además, peculiar. Hace poco decidí dejar las redes sociales, por lo que no he recibido ese bombardeo constante de imágenes que suele acompañar estas crisis. En su lugar, lo que me ha llegado han sido mensajes directos de amigos y conocidos que han pasado horas realmente difíciles, atrapados, viendo cómo el agua arrasaba lo que tenían cerca. Sin filtros ni intermediarios, las fotos y videos que me enviaron reflejan lo devastador de la situación de una forma más cruda y personal. Esta cercanía me ha sacudido y, de algún modo, ha amplificado mi tristeza y mi enfado.

Esta tristeza viene acompañada de una rabia difícil de contener. No puedo evitar pensar en los responsables políticos, en quienes deberían haber estado ahí para proteger a la gente. Aquí en Valencia, parece que se activaron las alertas tarde, cuando ya era demasiado evidente el desastre que se venía. Y, honestamente, no puedo evitar cuestionar si este gobierno, abiertamente escéptico sobre el cambio climático, evitó actuar por no enfrentarse al “riesgo” de que se le criticara por una alarma "innecesaria". De hecho, todo indica que, nada más llegar al poder, redujeron y hasta eliminaron una partida destinada a la gestión de emergencias. ¿Cuántas vidas y cuánto sufrimiento se podrían haber evitado si las prioridades fueran distintas?

Vivo lejos de mi país, sin una red familiar cercana, y esta experiencia me ha mostrado de golpe una vulnerabilidad que no me esperaba y que nunca antes había podido ver tan claramente. Afortunadamente, entre esta tormenta emocional, he encontrado también un apoyo inesperado. Durante las últimas horas, he recibido una cantidad abrumadora de mensajes por WhatsApp, Telegram y llamadas de amigos y conocidos que se preocupan, que preguntan si estoy bien. Este torrente de cariño me ha emocionado y ha sido un recordatorio de lo importante que es estar conectados, saber que tenemos a alguien ahí fuera.

Agradezco sinceramente a cada persona que se ha tomado un momento para escribirme. Este apoyo me ha venido muy bien. Saber que cuento con vuestra cercanía, con ese cariño que se manifiesta en un mensaje, una llamada o una palabra de ánimo, me recuerda que, a pesar de todo, no estoy solo.

También quiero agradecer el apoyo de mis compañeros en el coworking, donde he sentido una conexión especial estos días. A veces basta con una mirada o un silencio compartido para sentirnos menos solos. Nos hemos estado cuidando, informándonos unos a otros, ofreciendo ayuda a los amigos que han quedado atrapados o aislados. Es una solidaridad auténtica, que no tiene nada que ver con la caridad, sino con un compromiso de apoyo mutuo en medio de la adversidad.

Esta tragedia me ha hecho ver de forma desgarradora lo que realmente necesitamos como sociedad: infraestructuras públicas fuertes, servicios bien gestionados, y sobre todo una reconexión con nuestras comunidades de proximidad. Nos venden la idea de que la independencia y el dinero pueden resolverlo todo, pero la realidad, cruda y dolorosa, es que en momentos así no podemos depender solo de nosotros mismos. Nos necesitamos los unos a los otros.

Es urgente recuperar ese sentido de comunidad, de solidaridad genuina, porque la caridad implica una jerarquía, mientras que la solidaridad nos pone a todos en el mismo nivel, nos conecta de una forma horizontal y humana. Esto es algo que el modelo capitalista actual intenta debilitarnos, promoviendo la autosuficiencia y el aislamiento. Pero esta experiencia me recuerda que nuestra verdadera fuerza está en lo comunitario, en el apoyo real que solo puede darse desde la cercanía y el compromiso.

¿Y tú? ¿Has vivido algo similar o te has sentido tocado por alguna situación en la que descubriste la importancia de lo comunitario? Me encantaría saber cómo percibes tú esta realidad y escuchar tus reflexiones, ya sea sobre lo que comparto aquí o sobre cualquier experiencia que te haya marcado. A veces, estas situaciones despiertan ideas o emociones que quizás no habíamos explorado antes, y compartirlas puede ayudarnos a entendernos mejor. ¿Te animas a contarme tu historia o lo que sientes al leer este mensaje?

¿Te ha movido algo?

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